Tiyako Felipe

Se conmemoró esta semana el Día Internacional de los Pueblos Indígenas. También está por llegar la fecha en que se conmemora la toma de Tenochtitlán por las fuerzas españolas.

Más allá del debate si es el día de la caída o la resistencia, la deuda histórica con los pueblos originarios sigue estando ahí después de 500 años.

Hoy se pretende reivindicar asentando el título de «la resistencia» indígena para dar un giro en el discurso historiográfico, pero lo que está detrás del telón es la celebración de una conmemoración basada en las culturas muertas, sí, las del pasado glorioso arraigado en la prehispanidad.

Quizá esta forma de conmemorar resulta menos incomoda porque el indio muerto no habla, no cuestiona, no exige, no grita, no pide dejar de ser invisibilizado o discriminado. Vaya paradoja, el indígena de ahora, el contemporáneo, el heredero de ese pasado glorioso sigue descalzo, discriminado, sumido en la pobreza, la marginación, en el abandono, aun aguarda con y a veces ya hasta sin esperanza, la llegada de un mundo mejor para los suyos.

Los indígenas del presente son una evidencia concreta de eso que llaman «la resistencia», sí, la resistencia a la colonizacion, el despojo, la discriminación, la castellanización y toda la gama de proyectos civilizatorios que se han puesto en marcha en nombre del progreso.

Los herederos de la cultura del maíz siguen sembrando la tierra como base de su subsistencia. Algunos obligados por las circunstancias de la vida del campo han migrado a las grandes ciudades o incluso más allá de nuestras fronteras.

El indígena del presente, el que forma la base de la nación (según la constitución), está en cualquier parte. Silenciosamente viaja en el metro o el transporte público de las principales metrópolis. Es la trabajadora del hogar, la obrera, el vendedor de fritangas, la comerciante informal, el artesano, la artesana, el empleado o la empleada de alguna miscelánea de barrio o de una tienda departamental. El campesino que antiguamente trabajaba la tierra, se ha visto obligado a abandonarla porque el producto de su trabajo no era suficiente para el sustento familiar o para mejorar sus condiciones de vida. Con cada kilómetro recorrido fue dejando una parte de su cultura, obligado a ver, ser y estar en un mundo distinto al suyo.

Son muchos los ejemplos para ilustrar que la resistencia no es cuestión de cambiar el discurso histórico para reivindicar las culturas indígenas. Ellas son parte de nuestro presente y la deuda histórica sigue estando vigente. No bastan las conmemoraciones, hay acciones concretas que podrían hacerse para pasar de las reivindicaciones de un pasado muerto a uno que esté más vivo con los indígenas del presente. Dicen los grandes teóricos que la historia es un ir y venir en el tiempo. De ahí que no pueda permanecer congelada en el tiempo.