Texto y foto de portada: Tiyako Felipe

Según el calendario cívico nacional el 12 de octubre se conmemora o conmemoraba el «día de la raza» porque «la historia aprendida» enseñó durante muchas generaciones que ese día el navegante Colón llegó a la tierra de América (nombre inventado para un territorio ancestral, diría el maestro O’Gorman).

Discursivamente se ha dicho que los pueblos originarios, herederos contemporáneos de «la raza» que se conmemora, son la base de la nación mexicana. La realidad es otra, esos herederos en franca resistencia contra el olvido, han vivido, mirado y experimentado desde la periferia y lo marginal; desde «el arrabal» diría mi querido maestro Aréchiga.
Desde esos rincones periféricos se pueden avistar paisajes nocturnos, como el de esta foto donde la imagen del cerro de el Peñón Viejo destaca en medio de un entramado de luces y oscuridades distintas que subyacen en las distintas calles de la alcaldía de Iztapalapa en la Ciudad de México.

Desde las alturas del cablebús podemos mirar un tramo del oriente de la ciudad. Privilegio disfrutado por siete pesitos y el respectivo vertigo a las alturas; sin dejar de pensar en el tradicional ¡»ya se la saben raza”!

Otro de los beneficios de mirar desde las alturas es poder imaginar a toda «la raza» multiética que a diario se traslada de la periferia al centro para dinamizar una enorme ciudad.

Desde lo alto de San Miguel Teotongo uno puede imaginar también la gama diversa de cosmovisiones multiétnicas y el abánico lingüístico que silenciosamente se traslada de un lado a otro en esta ciudad. Mientras uno imagina lo anterior, resulta inevitable no pensar en lo limitado de las políticas públicas para hacer justicia a los pueblos, dejando de conmemorar discursivamente el día de «la raza» o el de «la Nación pluricultural» como ahora se le va llamar.